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23 gennaio

UN INSTANTE DE LUCIDEZ

 
Se me ha pasado hoy por la cabeza...
 

Tan solo un instante, tan solo un segundo, pero uno de esos segundos que jamás termirarán…

Los ojos van solos, el cristal se atraviesa con facilidad. Durante un milisegundo dos miradas se encuentran, ojos que se buscaron, alma tras alma a lo largo de milenios recorriendo un universo sin fin. Durante ese pequeño instante, suficiente para realizar la colisión que destruiría el mundo contra un asteroide o estrella, el fuego vibra entre los dos, la ciudad desaparece, los edificios se ocultan bajo en cemento, los sonidos se disipan y el cielo se oscurece al punto de no exisitir.

El universo fue inventado, y todo lo que en el habito fue creado y desarrollado, para alcanzar ese momento, crucial en la historia, en que todo adquiere un sentido, una respuesta…

Y tus ojos se posan en la taza, meneas la cabeza, apartas tu mente de la ventana y regresas a la conversación que tu amiga prometió en esa cafetería del centro de la ciudad.

 

Vulture Reformado

23 aprile

Recuerdo de historias

(6) POR DIOS, ADIOS
 
 
A petición popular, plamo aquí uno de mis primeros "cuentos", una extraña historia que se me pasó por la cabeza un día pensando en la frase "y dios hizo al hombre a su imagen y semejanza". En fin, sé que no es muy bueno, pero la idea le ha sorprendido a algunos, así que aquí la dejo, disfrutarla.
 

Por Dios, adiós:

 

-¡Vamos cariño!, ¡acaba de una vez!- Martin empezaba a impacientarse, todos los años ocurría lo mismo, llegaba el verano, con él el calor, después las vacaciones, y entonces tenían que recoger a toda prisa porque a su mujer Mónica le daba un ataque de “prisa repentina” y tenían que salir cuanto antes. Pero una vez en el coche, Mónica empezaba: -¡Cariño, hemos olvidado el set del baño!- y salía corriendo. Después decía:    -¡No he traído nada para que los niños se entretengan durante el camino!-, a lo que Martin respondía: -sólo son tres horas y media de viaje, los niños son muy pequeños y se pasan el viajecito durmiendo sin enterarse de nada, no tienes que...-, pero nada de lo que dijera podía impedir que Mónica saliera corriendo del coche, había veranos en los que incluso tenían que aplazar un día su salida para terminar de organizarlo todo.

Pero esta vez parecía que todo iba medianamente bien, y con sólo seis “salidas repentinas” de Mónica pudieron arrancar, la verdad es que este año Martin fue previsor y empezó a organizarlo todo con varios días de antelación. Aunque a los veinte minutos de viaje tuvieron que volver para asegurarse de que habían cerrado con llave. Esto desquició definitivamente a Martin y le hizo ir muy enfadado durante el resto del camino.

A las dos horas de viaje pararon para descansar en una cafetería. Adoraban el café, para ellos era un signo de distinción, disfrutaban con cada taza que tomaban juntos.

A Mario (el más pequeño, de tan sólo dos meses) le dió el pecho, y a Cliff (de un año y medio) el biberón y un potito. Martin disfrutaba observándolos, le parecían los niños más hermosos del planeta. La razón de que disfrutara tanto de la compañía de la familia es que trabajaba como gerente en una panadería, y últimamente pasaba poco tiempo con ellos, el negocio iba bien, pero estaba siempre liado con algo, y todos los días tenía que madrugar para comprar el pan caliente, e incluso algunos días tenía que hacerlo él mismo en los hornos de la panadería pero por fin estaban de vacaciones, aunque ahora, a cambio, tendría que aguantar las tensiones del primer día. Pero al menos estaban juntos.

Por fin, regresaron a la carretera y continuaron su camino.

-Cariño, creo que te has equivocado de entrada- Mónica observaba con cuidado el mapa, -Creo que deberías dar media vuelta, estoy segura de que no es por aquí, al menos no me suena de nada- y seguía dando vueltas al mapa.

-¡Ya estamos otra vez! ¡todos los años igual!, damos tres o cuatro vueltas y al final acabamos en el mismísimo camino por el que íbamos al principio, el cuál era el correcto. Quieres que demos media vuelta ¿no?, pues déjame eso- durante unos instantes soltó el volante para coger el mapa, el coche se tambaleó, los niños empezaron a llorar asustados por la pelea de sus padres y el movimiento brusco del coche, sus padres miraron hacia atrás en un acto reflejo, Martin hizo girar accidentalmente el volante con el codo, haciendo que el coche saliera despedido hacia el carril contrario. Un gran camión les pasó por encima.

 

-Cariño, ¡cariño!, ¡¿dónde estas Mónica?!-. Martin estaba dolorido y andaba con dificultad. La carretera, el coche, los niños, el paisaje..., todo había desaparecido, sólo había un enorme túnel de paredes grises que parecía cerrarse tras él, al final del mismo sólo se distinguía una luz blanca muy potente, y sin saber por qué sentía que tenía que andar hacía esa luz, algo le tiraba hacia ella, pero quería encontrar a su familia.

-¡Mónica, niños, ¿dónde estáis?!, responderme por favor, me siento solo...

Y cuando estaba a punto de ponerse a llorar escuchó una voz muy bronca que le dijo: -Ven, ven hijo mío y yo te responderé-. La voz venía del final del túnel, por lo que ya sin dudarlo se dirigió hacia ella.

Al final había una puerta, el brillo de la luz era tan fuerte que no podía distinguir que había al otro lado, pero decidió entrar.

Cegado, escuchó como la puerta se cerraba tras él. Poco a poco fue recuperando la vista. Se encontraba en un salón enorme en el que sólo había un gran pasillo muy ancho con una fila de columnas a cada lado. El techo era altísimo y ovalado, no había ningún tipo de decoración ni en él ni en las paredes, ni siquiera lámparas o ventanas, y sin embargo una gran luminosidad inundaba la estancia.

El pasillo terminaba en una escalera de seis escalones, y sobre ella había un enorme sillón giratorio.

-Ven, acércate, no tengas miedo.

Lentamente andó hacia el sillón, el cual estaba del revés, de forma que sólo podía ver su parte trasera. Era demasiado grande, de unos doce metros de altura, la base era un grueso tubo metálico sobre el que debía girar. Al llegar al píe de las escaleras, del suelo salió una silla normal de madera detrás de él. La voz, ahora más clara y fuerte dijo: - Siéntate -, y al sentarse su cuerpo quedó adherido a la silla, pero la voz insistió: -Tranquilo, luego te soltaré-. Desde la posición de Martin no se veía que había sobre el sillón, de la parte donde deberían ir los pies, colgaba una gran túnica que no dejaba ver que se escondía en el interior de la misma.

-¿Se supone que estoy muerto?- preguntó Martin indeciso.

- Así es- contestó la voz.

Y Martin empezó a llorar, pero no por él, sino por su familia, por sus hijos.

- No te preocupes, tu familia está grave, pero gracias al dinero del camionero arrepentido se salvará, e incluso Mónica se casará con él y juntos tendrán otro hijo, estará muy bien, de verdad. Pero eso ahora no importa, yo te he traído aquí por algo en especial...

-¿Eres Dios?- interrumpió Martin asombrado.

Una risotada fuerte le llegó desde el otro lado del sillón.  – Bueno, - dijo al fin –se podría decir así -.

-¿Qué es lo que me espera ahora, iré al cielo o al infierno?-. Martin no creía lo que estaba diciendo, nunca había tenido verdadera vocación religiosa, pero todo aquello era demasiado para él.

-No, eso no existe para vosotros, sois sólo un instrumento del que me valgo para conseguir mis fines, pero de vez en cuando, para entretenerme, o para pagaros la ayuda que me estáis ofreciendo, elijo a uno al azar y le cuento la verdad antes de... desaparecer. La cuestión es que te ha tocado a ti-.

-Verás, me encontraba solo en el inmenso infinito espacio-temporal y decidí hacer un enorme huevo cósmico en el que aplicar las leyes físicas que había inventado, y de él surgieron numerosas galaxias y constelaciones. Después elegí el planeta que mejor podría soportar las leyes biológicas que había inventado, y cree la vida, y más tarde tuve otra idea mejor, hacer vida a mi imagen y semejanza.

Pero algunas cosas salieron mal y tuve que intentarlo una segunda vez con algunas modificaciones para ver si así podía llegar a lo que pretendía sin tener que empezar desde el principio. Esta vez construisteis ciudades y progresasteis, pero estuvisteis a punto de mataros a vosotros mismos y tuve que ir para calmaros, básicamente lo conseguí, pero tuve que inventarme todo eso de la cruz. Incluso adopté la forma de buda para apaciguar a otros, la cosa es que de Dios en Dios conseguí que paraseis.

Seguisteis progresando, vuestras ciudades aumentan, aunque vuestros bosques disminuyen peligrosamente. Pero habéis conseguido hacer del mundo un lugar habitable y cómodo (sin contar con ciertas batallitas).

Lo que verdaderamente os ha salvado durante tanto tiempo es esa extraña forma de reverenciarme que han tenido todas vuestras culturas, la verdad es que me alaga, me he sentido tentado a dejaros, pero observo que si no os elimino yo, tarde o temprano os eliminaréis vosotros. La verdad es que no tengo tanto poder como pensáis, sólo es que soy lo más poderoso que existe y esto hace que me veáis muchísimo superior -.

Y Dios guardó silencio durante unos instantes.

-Pero ahora todo está bien, creo que ya está muy próximo el momento en que los míos, mis semejantes, vuelvan a dominar el mundo...-

El gran sillón, hasta ahora inmóvil, giró, y Martin vió, con asombro y terror a la vez, a Dios. No era el hombre mayor y con una gran barba blanca que todos esperan, ni tampoco el Dios de alguna extraña tribu africana, ni siquiera algún Dios en el que a lo largo de la historia se hubiera pensado hipotéticamente. Ante Martin se alzaba, sentado en un enorme sillón y vestido con una túnica un Tyrannosaurus Rex.

La sangre de Martin se heló. Quiso chillar, pero comprendía que no serviría de nada.

Y Dios dijo: -Comprenderás que con este aspecto mis semejantes no pueden fabricar máquinas, por eso os necesitaba-.

Y el tiempo de Martin terminó.

-Bueno, echaré un vistazo y después elegiré a otro. Creo que esta vez a un político. Al fin y al cavo ya queda poco para que los míos regresen... -.

 
 
 
16 marzo

EL MELOCOTÓN MECÁNICO

(5) Hazlo por mi
 
 
El siguiente fragmento de relato es el inicio de un cuento que apareció en el libro "El melocotón mecánico" en el 2003, libro antología de los relatos finalistas del concurso literario de tan curioso nombre. Hace dos semanas o así, de camino a la universidad, sentado en un autobus atestado de gente que intentaba llegar puntual a una clase de la que pronto se olvidará, leí este relato. El inicio (lo que voy a copiar a continuación) me dejó totalmente perprejo por lo mucho que me identifico con él. Más aún, siguen pasando días y no consigo sacarmelo de la cabeza. Me dedico a plasmarlo aquí para que otros puedan beneficiarse de él. Gracias de corazón a Rodrigo Nicolás Berlochi por una muestra auténtica de arte, al menos en el inicio.
 
 

A veces uno se muere. Otras veces, uno se enamora. Se siente eterno o limitado. Final o principio…

Esas explosiones de vida destellan alguna vez en nosotros, o a veces nunca. Y hasta fabrican una galería de rostros y sensaciones, de palabras y perfumes. Uno a uno, cada amor que logró engañarnos, que se inventó infinito, superior, lleno de todo lo que necesitábamos, y dispuesto a hacernos olvidar todo lo que queríamos creer de mentira. Uno a uno, inventaron cuerpos que se creían perfectos, letras que podían dibujar seres imposibles de tocar, dos puntos diminutos y solos, que se acercaban, se tocaban, y lograban echar por tierra con los dos defectos que hacen al hombre un animal: el egoísmo y los prejuicios. Y todo, todo para seguir siendo un punto diminuto, aunque esta vez, un poco menos solo.

Nuestras vidas siempre pudieron ser tan llamativas como la más grande muestra de fuegos artificiales, en un universo de grandes explosiones y soles que agonizan por millones de años, regalando, con su muerte, miles de vidas que se desvanecen antes de que puedan entender qué es lo que están haciendo en dónde. Una y otra vez esos amores de papel perdieron su forma y color en ríos  demasiados turbulentos: debimos preverlo, debimos suponer que nada que se hiciese tan frágilmente podía quedarse hasta que todo termine, hasta que nosotros terminemos. Nos despertamos una y mil veces en una cama vacía que aun guarda el perfume de los sueños. Y eso fue, seguramente, todo lo que nos juró que todo había pasado, es más, que había sucedido y ya se había pasado.

Nos enamoramos, mil veces, nos engañamos, mil veces, y sin embargo en cada una de las ocasiones fuimos capaces de vivir plenamente, enteros, sin que nos falte nada, o tal vez, faltándonos una lengua para criticar al otro y una mano para golpearlo. Nos sentimos inmensos cuando descubrimos que este era el amor de nuestras vidas, que, por supuesto, era más perfecto que el anterior, y era para siempre. Pero terminó. Y nosotros no terminamos con él.

Después, nos quedó la serena sospecha –siempre nos da paz saber que sabemos algo- de que el sexo es la unión de dos cuerpos, pero el amor, es la unión de dos almas.

Nos quedó también, la certeza de que el amor era frágil y breve, y nadie pudo escapar de deducir que las almas, entonces, también.

[…]

 

13 marzo

Curiosidades de otras personas...

 
(4) Campanilla ataca de nuevo
 
 
No sabiendo muy bien donde encasillar este texto, me decido por mi categoría "Cuentos", para insertar lo siguiente con caracter de "texto literario". La siguiente poesía me llegó a finales de la semana pasada de manos de la propia Campanilla. Según parece, tras nuestra ruptura tubo un ataque de inspiración, y aquí estan las palabras que le salieron por mí. Sólo resta decir que hice una pequeña modificación en el título, tratando de darle un aire más "típico de mi tierra". Las palabras son las siguientes:
 
 
   RUBENCICO
 
Me gustaria por momentos estar cerca de ti,
pero tengo miedo a amar
 y no se a quien recurrir.
Cuando tus labios sueltan palabras
a mi me tiembla la voz,
y esas miradas que tienes
que atraviesan mi corazón,
que pasan como si nada esa coraza que he formado yo,
esa que no quiero abrir por miedo a pasar dolor,
pero algo en mi interior me dice
que de ti me puedo fiar,
que eres totalmente diferente a los demas.

 

 

03 gennaio

El momento en que ví la posibilidad

(3) Empezamos el año con el cuento que me hizo plantearme que tendría sentido escribir.
 
 
Este es el primer cuento que escribí "en serio" y que marcó el momento en que dije: "Si, creo que quiero y podré hacerlo el resto de mi vida". Me parece que una bonita forma de empezar este año en que tantas esperanzas tengo puestas es rememorando ese mágico momento. Así pues, disfrutad...
 
 
 

¿Sabrás o no sabrás?

¿Conoces acaso la solución?. Si te crees capaz de resolver el misterio ¡ven ya!

Todos vivimos en las cloacas,          pero sólo algunos vemos las estrellas. Alberto Martínez Abenza;  “Respuestas”

Día 1

 

No pude evitar mirar interesado el cartel “¡Imaginación no les falta!” - pensé- “¡Ya no saben qué hacer para vender!”. Y seguí corriendo hacia el trabajo, pues el jefe me vigilaba, y si llegaba tarde otra vez me despediría sin problemas.

Al final llegué a mi hora, pero ese día trabajé mal, pues no podía evitar pensar constantemente en aquel cartel, sus letras daban vueltas en mi cabeza, y una vocecita en mi interior me repetía con insistencia: “¿sabrás o no sabrás?”, a lo que me respondía: “¿el qué?, ¿qué es lo que se supone que puedo o no saber hacer?”.

Al fin llegaron las dos de la tarde y con ellas la hora de la comida. Tenía tres horas para llegar a casa y comer algo antes de regresar, pero vivía cerca, por lo que no pude evitar parar frente al cartel de nuevo. Saqué un pequeño calendario de mi bolsillo, era viernes, pensé que podría perder el fin de semana con esa prueba, al fin y al cabo tenía treinta y dos años y estaba soltero, ¿por qué no hacer algo diferente este sábado?. Mis últimos sábados consistían en alquilar tres o cuatro películas y tirarme el día frente al televisor. No tenía amigos ni vida social, por lo que creí que aquello era lo que me hacía falta. Saqué un bolígrafo y apunté el número del misterioso cartel.

 

Día 2

 

Aquel sabado dormí muy poco, estaba realmente nervioso, por lo que además me desperté muy temprano. Como no tenía teléfono tuve que buscar una cabina.

La llamada me resultó algo extraña, pero como ya no me importaba nada apunté la dirección y después llamé a un taxi.

El edificio en el que me citaron está a las afueras de la ciudad, y para mi sorpresa era una fábrica de conservas, pero la prueba no se desarollaba allí, sino que desde allí me transportarían  con los ojos vendados al sitio en cuestión. Acepté las condiciones sin pensarlo dos veces.

Cuando me destaparon los ojos estaba en una habitación sin ventanas a la que no sabía como había llegado, pues por culpa del cansancio me quedé dormido. Me encontraba aturdido, y varios hombres vestidos con traje intentaban convencerme de que firmara unos papeles, mientras, sentado a mi lado, un hombre con bata de médico me preguntaba con insistencia si tenía familia o seres queridos cerca. Al final, deseando que me dejaran tranquilo (y esperando una aspirina como recompensa), firmé sin leer los papeles mientras le decía enfadado al médico que estaba solo en el mundo, que si me perdiese nadie me echaría en falta, pero para mi sorpresa mi respuesta-grito no le enfadó, sino que se rió satisfecho y se fue.

Las horas siguientes fueron muy extrañas, me hicieron un montón de pruebas médicas y gimnásticas, y después de cada una me metían en un ascensor que unas veces subía y otras bajaba, y como en aquel maldito edificio no existían las ventanas, al final no sabía ni el piso en que estaba cuando acabé.

Me dieron una cena ligera, principalmente verdura y fruta, y al terminar me acompañaron a un pequeño cuarto donde sólo había una pequeña cama, encima de ésta había un mono de trabajo gris. Me dijeron que dejara toda mi ropa y pertenencias bajo la cama y que con el mono puesto me acostara. Todo eran órdenes, si se me ocurría preguntar algo se limitaban a decir que lo sabré a su debido tiempo, que el experimento sólo podría realizarse bajo el factor sorpresa. Por lo que pensé que debía aguantar un día más o mi curiosidad me mataría, pero eso sí, sólo un día más.

 

Día 3: hoy

 

Me despertaron temprano, lo sé porque conseguí que me dejaran quedarme con el reloj alegando que era un recuerdo de mi padre que nunca me quitaba, me costó convencerles, pero al final cedieron a mis súplicas.

Con malas maneras me sacaron de la cama y me dijeron que había llegado el momento de la prueba. Estaba realmente impaciente, debería haberme ido corriendo...

El caso es que me trajeron aquí, me dieron este extraño cubo y me dijeron: “Adelante, inténtelo”. Les pregunté: “¡¿El qué?!”, pero ellos se rieron mientras cerraban la puerta y corrían tropecientos cerrojos.

Y aquí estoy ahora, hablando solo para entretenerme, ante un dado del tamaño de mi mano cuyas seis caras son de distinto color. Ya han pasado varias horas, tengo hambre y mucha sed.

En cuanto al cubo ya lo he probado todo, lo he tirado hasta que salieron las seis caras, lo he puesto de todas las formas posibles sobre la mesa, lo he lanzado contra la pared... Lo que más me molesta es que no veo cámaras, micrófonos ni espejos en la habitación, ¡ni siquiera veo cables por las paredes!.

Pasan más horas, tengo tanta hambre que incluso he pensado en tragarme el maldito cubo, pero supongo que eso sería mi fin definitivo, suponiendo que aun tenga alguna posibilidad.

Más horas, la cabeza me da vueltas y mi estómago ruje con dolor, sin saber a donde, chillo con fuerza: ¡Asesinos!, ¡Ya no me importa lo que firmé!, ¡Dejen de jugar conmigo!. Aquel maldito cubo seguía sobre la mesa, simplemente esperando, indiferente a mi destino. ¿Cuántas muertes habría ocasionado hasta el momento?. Y lloré, lloré pidiendo clemencia, pidiendo libertad, pidiendo una pista, pidiendo agua... Con la cabeza a punto de reventar, observo asombrado como una gran nube de humo inunda la habitación, ya sólo hay humo, ya todo es humo, humo, humo, humo...

 

Día 4

 

Al despertar encuentro un botellín de agua y un bocadillo sobre la mesa, en el suelo hay pilas nuevas, y a su lado, tranquilo, el cubo.

-Analicemos una vez más la situación lentamente en busca de algún nuevo dato –pensé-, pues por mínimo que parezca podría ser la solución.

La habitación es perfectamente cuadrada, paredes, techo y suelo miden lo mismo (o al menos eso creo haber comprobado utilizando mi deportivo como unidad de medida), todo es blanco. El suelo es una enorme placa de acero de cuyo centro surge un tubo que termina a la altura de mi cintura en una placa redonda (dando aspecto de mesa). Placa, tubo y suelo forman una unidad del mismo material. Las paredes son de hormigón o cemento, la verdad es que no entiendo de eso, pero pared y techo parecen del mismo material, además fueron pintadas a conciencia para que no existiera la menor diferencia de matiz entre ellas.-¡Tiene que quedar algo más, tiene que faltarme algo! –me decía constantemente mientras inspeccionaba la sala una y otra vez. En las paredes, distribuidas sin orden aparente había unas rendijas más pequeñas que mi mano, por ellas me entraba el oxígeno (y aquel gas), al otro lado de ellas se distinguían varios ventiladores pequeños, pero que ocupaban todo el conducto. Lo mejor era la puerta, parecía del mismo acero que el suelo, por supuesto blanca, igual que la pared. A este lado de la puerta no hay pomo ni cerradura, y sus bordes coinciden religiosamente con la pared, pareciendo incluso que forme parte de ella. Y por supuesto, el detalle más amable que hasta ahora han tenído conmigo estos señores: en una de las esquinas hay un retrete con papel higiénico, dentro sólo tiene agua.

Sobre la mesa me dejaron una linterna a pilas (única luz en este cuarto) y el cubo, con cada cara de un color: amarillo, verde, naranja, azul, morado y negro, colores que no me dicen nada, es un pequeño cubo de colores dentro de un gran cubo blanco.

Estoy cansado y tengo hambre, pero aquí viene de nuevo el humo...

 

Día 5

 

Otro día más aquí, más bocadillo y agua en la mesa.

Tengo nostalgia del mundo, bueno, de mi ciudad, ya que nunca salí de ella, y eso es algo que ahora lamento profundamente. Siempre deseé viajar al extranjero, pero nunca se me ha presentado una buena oportunidad, ¡ni tampoco una mala!, y puesto que vivo solo...

Mi época de universitario fue bastante desoladora. Salí de casa a los diecinueve años, pues mis padres murieron, y pagué lo que me quedaba de carrera trabajando por las tardes en un pequeño supermercado. Mis notas empeoraron, pero al final logré sacarme la licenciatura de Derecho. Mi incorporación al mundo laboral como abogado no fue inmediata, tuve que esperar dos años más, entonces me asocié con algunos abogados, tres años después tenía mi propio despacho, y allí estuve trabajando todos estos años, pero dependía de otros superiores, y últimamente mi puesto corría peligro, seguro que si vuelvo ya no me dan trabajo después de tantos días desaparecido.

Haga lo que haga todo está perdido, ya no tengo nada, ni libertad, entonces..., ¿para qué seguir con este juego estúpido, ¡para qué aguantar más!?. Un arrebato contra el dado me hace cogerlo y golpearlo brutalmente contra la pared, pero en ese momento se gastan las pilas y resbalo en la oscuridad, golpeándome fuertemente en el brazo y la cabeza...

 

 

 

A otro día

 

Según parece me han curado la cabeza, pero noto en ella clarísimamente un chichón enorme, todo está a oscuras esta vez, a tientas encuentro la mesa, y sobre ella la linterna, el dado y algo de comida y bebida. Pero ha pasado algo que me asusta, mi reloj, a causa del impacto, se ha destrozado, perdiendo así toda noción temporal.

 

Más días

 

Más y más días, ¿cuántos?, lo ignoro. Para mí ya sólo existe un único día muy largo, inmenso, un día muy largo donde no hay sol, sino una linterna potente, cálida, amiga inseparable que soporta conmigo esta prisión. Mi cielo es blanco y bajo, mis nubes son humo blanco tranquilizador, que en ocasiones, me visita trayendo consigo el descanso, nubes que anticipan un futuro libre.

Recuerdo con pesar mi último día en el mundo exterior, en mi preciosa ciudad, en mi espaciosa y enorme ciudad. Recuerdo sus calles, recuerdo las señales, los carteles, en especial uno, el responsable de que esté aquí, con sus letras enormes y sus colores muy chillones, muy chillones... ¡Eso es!. Me levanto animado y cojo triunfante el cubo, el descubrimiento me llena de júbilo y hace que se me salten las lágrimas, resulta que los colores utilizados en el cartel eran exactamente los seis del dado, y por lo tanto... Abatido caigo al suelo, -¿Y qué si es así?, ¿de qué demonios me sirve eso?, apuesto a que no es más que una maldita casualidad.

Otro descubrimiento fallido más que se suma a la enorme lista.

 

Muchos más días

 

Sigue pasando el tiempo, Dios sabe cuanto, ¿cuánto falta?, ¿existe un fin a todo esto?.

No me llegan ruidos del exterior, por lo que o las paredes son muy gruesas, o la habitación está bajo tierra, apartada de todo.

Por mi cabeza no cesan de pasar miles de ideas. Tengo treinta y dos años y creo que acabaré mis días aquí. Me he perdido tantas cosas, siento que he desaprovechado de manera absurda mi vida, y me pregunto incesantemente si podré solucionar algo algún día.

No tenía novia ni nunca la he tenido. La verdad es que nunca lo he intentado, si he querido, pero no lo he intentado, supongo que no formaban parte de mis planes, nunca he sido demasiado romántico. Los recuerdos de mi infancia son escasos, pocos amigos, y muchos menos al llegar estos a la pubertad y empezarse a interesar por las chicas, y ninguno cuando todos tuvieron novia y vieron que yo seguía solo.

Algunas veces, pienso que, tal vez yo no haya pasado nunca por la pubertad, pues nunca me sentí más atraido por una chica que por una buena película o un buen libro. Ni siquiera conocí el amor platónico. Desde luego, tampoco era homosexual, pues tampoco sentía nada por los chicos.

La cabeza me dolía mucho, muchísimo, nunca había deseado tanto tener cerca una caja de aspirinas.

El agobio es demasiado fuerte -¡Ya no aguanto más, cabrones!, me oís, ¡dejadme ya tranquilo!, sólo quiero volver a mi mierda de vida ¡sólo eso!-, cojo el cubo y empiezo a golpearlo desesperadamente contra la pared. De repente cede y se desquebraja, mostrando claramente que es hueco, o que al menos tiene espacio libre en su interior.   Me quedo muy quieto, de pie, tengo miedo de que esto les haya enfadado y vengan a castigarme, mientras el cubo resbala de mis manos tembrorosas, sólo salgo de mi pavor al escuchar, después del cubo contra el suelo, un tintineo metálico. Extrañado miro al suelo para descubrir que del cubo ha salido una pequeña llave -¡Lo tengo, lo tengo, soy DIOS!-, apresurado corro contra la puerta, con las prisas choco al llegar, pero ya nada importa, ¡soy libre!, ¡soy lib... Y otra vez caigo abatido al suelo, esta maldita puerta no tiene cerradura a este lado, ni cerradura ni nada, ¿existe en verdad la puerta?, ¿existe algo ahí afuera?, ¿en verdad merece la pena seguir intentándolo?.

 

Tiempo después, en el mismo inmenso día

 

Otro día más, aquí dentro hace calor, me pregunto si habrá llegado el verano o es que han subido ellos la temperatura con calefactores, sólo sé que ha empezado a pesarme el mono. A veces pienso en ir desnudo, total, ¿quién va a verme?. Pienso con envidia en la gente que ahora mismo esté en la playa poniéndose morenos de tanto sol mientras yo me pongo mustio por la ausencia del mismo.

El maldito cubo sigue en medio de la habitación, y yo no puedo hacer nada con él, la verdad es que no me parece justo. Recuerdo con asco todos esos papeles que firmé antes de entrar aquí -¿me tendrán aquí retenido para quedarse así con mis pertenencias?-, tal vez firmé algún título de propiedad o algo así, aunque no creo que consigan mucho, pues la casa en la que vivía era alquilada, no tengo cuenta en el banco ni medio de transporte, por lo que no creo que me sigan guardando para poder conservar mis “pertenencias” sin problemas legales. Es más, si se hubieran quedado con lo poco que tengo, entre comida y médicos habrían gastado más de lo que han ganado, con lo que supongo que ya me habrían soltado de ser así, e imagino por esto que no estoy en una secta.

-¿¡Qué demonios queréis!?- digo mientras paseo por la habitación -¡Si no queréis nada de mí matadme ya, creo que no merezco la pena!-, a veces necesito hablar sólo para autodemostrarme que no me he quedado sordo.

Me pregunto con insistencia por qué no eligieron a algún político o algún personaje famoso, habría sido más fácil y económico, habrían podido sacar muchísimo dinero si quisieran, pero ¿qué sacan de mí?, ¿de qué les puedo servir yo?. Enfadado cojo el cubo y lo tiro a la pared.

 

Tal vez otro día

 

Mi reino por una ventana, mi vida por una puerta, mi alma por un solo día lejos de aquí, lejos de cualqier cosa cuadrada o blanca.

Mis días se reducen a dar vueltas por el cuarto, a pensar, a sentarme en la mesa o en el retrete..., y a caer dormido cuando a la caprichosa nube le apetece.

¿Debería dejarme morir, o tal vez deba esperar a otro día?.

¿Merece la pena?

 

 

Día: hoy, ahora, mientras lees

 

Y te preguntas qué le pasará al pobre muchacho. E interesado sigues leyendo en busca de una respuesta que acabe al fin con el sufrimiento del muchacho, pero te lo preguntas como algo lejano, como algo que no va contigo, entonces ¿por qué te interesa?, tal vez por que tú eres ese muchacho.

Tú tienes una vida tranquila, eres “atacado” cada día con publicidad y con las modas, y sucumbes ante ellas decidiendo una marca en lugar de otra, firmando papeles a ciegas. Tú vives en una caja cerrada llamada mundo de donde no sólo no puedes salir, sino que además crees que ni te interesa, y por no salir te encierras en un trabajo y una vida que cada vez se cierra más, donde la opinión de las masas es un dios al que no se puede replicar. Y en ocasiones puedes encontrar una “llave”, un remedio, pero que no sepas utilizarlo, y barajes miles de posibilidades, pero todas sean falsas.

Tal vez llegue un punto en que tu vida se reduzca a un solo inmenso día, donde no existirá el futuro, y el presente estará nublado por un pasado al que desearás regresar para cambiar, sin darte cuenta que cuanto más deseas regresar más tiempo pasa, y llegues tal vez a desear que ese maldito día llegue a su fin.

Y por eso lees esta historia, por eso esperas un final, no por el chico, sino por ti, para saber como salir de ese cuadrado cuando se te presente la ocasión.

Y la respuesta es más facil de lo que crees, pues en verdad está delante de ti desde siempre, pero ahora tengo visita, ahora no puedo hablar, mi amiga ha venido a visitarme, ahora podré descansar tranquilo entre el humo, más y más humo...

17 novembre

Un cuento para una princesa

(2)    Y ahora un cuento que para mi valió más que un premio, pues conseguí con él lo más valioso de este mundo, la sonrisa de una niña que empezaba a perder la fé... Va por ti, preciosa.
 
 

La Princesa lejana:

 

 

Erase que se era una princesa, llamada Irulan que vivía en un lejano castillo, custodiado por un dragón.

En este castillo, la princesa Irulan disponía de todo cuanto podía querer. Unos seres de aspecto fantasmal hacían de sirvientes, tenía comida y todos sus caprichos eran prontamente resueltos, más solo una cosa le era negada: la libertad de abandonar su prisión.

Su padre, el rey, vivía muy preocupado, pues desde hace tres años, cuando la princesa tenía 14, sólo sabía de ella que el dragón que la custodiaba la mantenía viva, y ofreció una gran recompensa por su liberación.

Príncipes de todos los reinos se ofrecieron para rescatarla, pues sabían que la princesa Irulan tenía fama de ser el ser más hermoso de la tierra, más uno tras otro fueron desapareciendo..., nadie sabía más, simplemente desaparecían.

Un buen día llegó al reino un príncipe llamado Paul. Paul se crió en un ambiente no muy favorecido, pues fue raptado de joven y desconoció los placeres del palacio hasta la edad de 18 años, cuando fue rescatado, pero era bien sabido que su corazón era tan puro que nadie dudaba de su palabra. Paul se ofreció a rescatarla, y el padre sintió al fin un halo de esperanza.

 

Decidido alcanzó el castillo, y con furia se enfrentó al dragón:

-¡Maldito seas dragón!- chilló con furia, -devuelve a la princesa que te llevaste injustamente.

Más el dragón se echó a reír. -¿Cómo esperas hacérmela entregar?- respondió el dragón con aires de grandeza, -ella me pertenece. ¿Acaso no sabes que soy el ser más poderoso que existe sobre la tierra?, nunca podrás vencerme, nadie puede hacerlo- y estalló en una carcajada – a estas alturas ya ni temo a la espada de Josua...- y su cara se llenó de miedo..., más solo duró un instante, pues al momento siguiente resopló con gran tranquilidad: -tu no eres rival para mi, nadie puede conseguir esa espada. Estoy tan seguro de mi mismo que puedo incluso permitirte que veas a la princesa. ¡Adelante!, ve a verla, diviértete un rato, no serás el primer príncipe que viene a satisfacer su curiosidad, pero recuerda, jamás podrás sacarla sin mi permiso, pues solo yo podré poseerla.

Paul estaba tan atónito que apenas fue consciente de cómo era llevado ante la princesa.

Las habladurías eran ciertas, más aún, se quedaban cortas, al ver a la princesa entendió por qué el dragón la guardaba con tanto recelo, jamás vio algo tan hermoso, y se fue con la convicción de que jamás encontraría algo que pudiera superarla. Se prometió a si mismo que la rescataría para llevársela a su padre... y pedir así su mano en matrimonio.

Salió del castillo, más decidido que nunca. Detrás suyo el dragón chillaba divertido: -Vuelve cuando quieras para ver aquello que siempre me pertenecerá-.

 

Josua vivía solo en una alta montaña. Era un Ogro que había aterrado durante años a todos los pueblos de alrededor y todo el mundo le tenía miedo, pues se decía que poseía una espada que ni un dragón podría romper. Pero al fin, tras persecuciones, apedreamientos y guerras varias, consiguieron hacerle recluirse en la montaña, donde no volvió a molestar a nadie.

 

Paul entró a la mazmorra del ogro por una apertura que descubrió en la pared, y se deslizó al interior con la intención de robar la famosa espada. Pero lo que vió allí le rompió todos los esquemas. El ogro sostenía un cuadro, con un hermoso paisaje en el que aparecía un pueblecito, y de sus ojos brotaban lágrimas a mares. Tanto le consternó la imagen que resbaló y dio a conocer su posición.

El ogro se levantó enfadado, con la mirada llena de odio se dirigió al pequeño ser que había invadido su morada: -¿quién demonios eres?, nadie debió entrar aquí jamás, nadie me vio nunca así, ¡dame una sola razón para que no te mate!

Asustado, Paul sólo pudo decir: -adelante, mátame, yo también desearía la muerte si alguien me viera llorar por algo que me corresponde por naturaleza: la posibilidad de ver a otros y relacionarme-. Y el ogro estalló nuevamente en llanto.

Paul le consoló, y Josua le contó la historia de su vida, y como todo el mundo se asustaba al verle, hasta que tubo que huir a la montaña donde estaba condenado a vivir solo. Le contó además que sabía de una forma de solucionar su problema, pero que ahora era inaccesible para él. En cierto reino vecino existía un mago, Gargamel, cuyas pócimas recorrían el mundo entero. Josua le compraba desde pequeño a Gargamel una pócima con la que podía transformase en un joven apuesto y así se paseaba tranquilo por los pueblos, y se divertía viendo a las chicas babeando tras él. A el no le interesaban todas esas niñas, pues era un ogro, sentía amor, pero no por las personas, sino por la naturaleza, pero quería tener al menos la posibilidad de relacionarse con la gente, quería que nadie le molestase mientras inspeccionaba el mundo con su inagotable curiosidad. Pero una vez se le terminó la fórmula con tan mala suerte que en ese momento Gargamel estaba de gira con sus productos, y su transformación sucedió en medio de la plaza mayor de un gran pueblo, y por eso estaba ahora allí.

Paul le contó a cambio su historia, como suspiraba de amor por aquella joven, y lo importante que sería para él conseguir la espada para rescatar así a su amada.

Josua se dio cuenta de la gravedad del asunto, pero no podía ofrecer su única arma sin más, por lo que le propuso un trato: -si consigues traerme poción para un año de Gargamel, yo a cambio te daré gustoso la espada.-

Paul aceptó, y se fue feliz, sabiendo ahora que su aventura le permitiría ayudar a dos personas.

 

Al cabo de un mes encontró a Gargamel, era un viejo avaro y tacaño, que sólo se movía por el interés, y por eso no se preocupó al oír la historia de su antiguo cliente Josua. Paul no podía ofrecerle mucho oro, y los costes de poción para un año eran altísimos.

–Te diré lo que haremos- dijo al fin Gargamel, -yo estoy viejo, yo no puedo hacer muchas cosas. Hay una poción que me daba mucho dinero, pero llevo tiempo sin hacerla pues me falta un ingrediente fundamental, y es que sólo se puede conseguir en el reino de Volcania, es peligroso entrar allí, y además hay demonios custodiando lo que necesito: un pez de lava. Tráeme al menos dos, y yo te daré lo que tu amigo necesita y así todos conseguiremos cerrar un buen trato- y con una sucia sonrisa le dio la espalda para seguir su camino.

 

Y así pasaron dos años. Paul, el joven que emprendió el camino con tantas ansias estaba ya realmente agotado. En su larga aventura había recorrido absolutamente todos los reinos del mundo menos aquel en el que se encontraba en este preciso momento de la historia.  Llevaba consigo un mapamundi, donde iba indicando en cada reino aquello que tenía que conseguir seguido de una flecha al sitio donde conseguirlo. Una larga lista que aumentó durante los dos últimos años.

En este momento se encontraba frente al pantano del reino de Grabiña, frente a un laberinto cuyas paredes estaban formadas por enredaderas de espinas. Justo en medio del laberinto se encontraba la que se decía era la última flor de shuan, una flor cuya facultades médicas eran milagrosas, pues no había mal que una infusión de sus pétalos no pudiera curar. Paul necesitaba dos de sus pétalos para que un noble, el conde de Suaria, curase de una extraña enfermedad a su hija, obteniendo así como recompensa una pintura de gran valor sentimental para el rey de Padisan, quien le había prometido a cambio de tan valioso cuadro el último unicornio, el cual sería entregado al príncipe Romualdo para que conquistará a su princesa regalándoselo por su cumpleaños, a cambio, claro esta, del espejo mágico que su familia había heredado durante generaciones con el que Paul... y así seguía una laaaaaaaaaaarga lista, una lista que abarcaba todos los reinos que existían en su mundo.

Paul al fin tenía una esperanza. Estaba en el último reino, ya había estado en absolutamente todos los demás, ya sabía lo que cada uno de los reinos necesitaba, ya nada podría detenerle, ya era imposible fallar. Iría hasta la flor y cogería los pétalos. Cabía la posibilidad de que algún problema surgiera, y de que una nueva cosa le fuera pedida a cambio de los pétalos, pero esto era lo que Paul esperaba. Puesto que todos los reinos estaban esperando lo que de él habían demandado ya sólo tenía que anotar la nueva (y última) petición, y dirigirse con ella al reino correspondiente para establecer un trueque. Puesto que tenía anotado lo más importante para cada reino, era seguro que le ofrecerían lo que sea a cambio de que cumpliera su parte, ya nada podría fallar. O al menos eso pensaba...

Entró decidido en el laberinto. Pero no una, ni dos, sino cientos de veces. Probó cada una de las cinco entradas del circular laberinto, anotó todas las puertas, trató de hacerse gráficos y esquemas y revisó una y otra vez su camino en busca del maldito centro del laberinto, pero no había forma, pues el laberinto era tan complejo que cada dos por tres se perdía, y al rato de perderse se encontraba de nuevo en una de las salidas.

Paró a descansar un rato, sus piernas empezaban a flaquear, no conseguía entender que estaba sucediendo, y temió no poder superar esta prueba después de todo lo que llevaba pasado. Las enredaderas eran tan densas que su espada no podría cortarlas, le sería imposible abrirse paso a través hasta la flor. Y no podía incendiarlas para eliminarlas, pues corría el peligro de destruir la preciada flor.

Entonces algo le asustó. Una mujer, si es que así se podía llamar al ser que apareció, salió del laberinto con una regadera goteante entre las manos.

-Hola- dijo con una horrible sonrisa, -espero que te haya gustado mi laberinto-.

-¿Acaso es tuya esta monstruosidad?- preguntó Paul.

-¿Monstruosidad?, mira bien tu cuerpo, no has sufrido el menor daño, el laberinto jamás ha dañado a nadie, esta aquí para proteger la flor, mi flor, que custodio con furia por lo que dios me negó.

-Explícate, ¿mujer?, que yo haré lo que este en mis manos para ayudarte- Paul vio la posibilidad de conseguir al fin el último trueque.

La mujer, pues mujer es lo que era, le explicó que adquirió a los 18 años una enfermedad que deformaba los huesos de su cuerpo, haciendo que cogiera ese aspecto monstruoso. Su enfado residía en que esta enfermedad no era natural, sino fruto de un maleficio impuesto por una bruja que envidiaba su belleza. Tras el hechizo todo el mundo le dio la espalda, perdió a su amado y todos se alejaron de su lado. Y en sus jardines privados estaba la última flor de shuan. La ironía de dios puso en sus manos el remedio a todos los males para que viera como ni eso podría curar su mal. Enfadada huyó al pantano con la flor, y construyo un laberinto imposible de resolver para alejar de la humanidad aquello con lo que dios se reía de ella. Sólo una cosa podría devolverle su aspecto hermoso y volver a recuperar su vida, o al menos la vida que deseaba: la sangre del ser más hermoso de la tierra, pues un trago de esta sangre contrarrestaría el efecto de la fealdad de su cuerpo. Si conseguía traerle tan preciado néctar, ella a cambio le daría los dos pétalos que necesitaba.

El príncipe necesitó sentarse para asimilar lo que estaba sucediendo. Sabía perfectamente quien era el ser hermoso del que hablaba: la princesa Irulan. Tras dos años de esfuerzo, su aventura terminaba en el mismo sitio donde empezó. Recordó la soberbia del dragón, y que no tendría problemas en acercarse a la princesa. Tan solo tenía que pedirle un poco de sangre y..., bueno, ese era el primer paso, pero ya todo lo demás cuadraba, ya todo estaba bien, sólo tenía que empezar y terminar en el mismo sitio, tal y como había sucedido.

Acepto la propuesta de la mujer y se fue raudo a ver a su amada.

 

El dragón se sorprendió al verle, pero al comprobar que la espada no colgaba de su cinto le dijo que no le haría daño.

-Dragón- dijo Paul, -llevo dos años en esta loca odisea, y no he logrado hallar la solución, he venido a rendirme oficialmente, permíteme al menos despedirme de la princesa, déjame decirle que lo siento, pues no he logrado lo que más deseaba en el mundo, rescatarla, y ya nunca lo lograré.

El dragón soltó una carcajada y miró el reloj de la torre. –Esta bien, supongo que te lo has ganado, a ti te concederé hasta tres horas, entra a verla-.

-¿A mi tres horas?, ¿qué significa eso?- Pero no tubo tiempo de renegar más, pues el dragón le obligó a entrar en el torreón de la princesa. Subió las escaleras circulares para encontrarse con su amada. Más por el camino se quedó petrificado al ver bajar por las escaleras al Príncipe Romualdo.

-¿Pero qué haces tu aquí?, ¿no pertenece tu corazón acaso a la princesa Susan?- dijo con gran enfado Paul.

-Si claro- respondió tranquilo Romualdo, -pero sin el unicornio jamás la conquistaré, y ya que Irulan nunca será rescatada..., bueno, hay que disfrutar un poco de la vida, ¿no crees?. ¿O qué haces sino tu aquí?-. Y continuó bajando las escaleras bajo la aturdida mirada del príncipe Paul.

Paul llegó a los aposentos de Irulan, y esta al reconocerle puso mala cara y se sentó dándole la espalda.

-¡Princesa!, escuchadme princesa,  no es lo que pensáis, ya tengo la solución, todo va a salir bien, ya tengo la forma de salvaros, tan solo tenéis que ayudar a una mujer que sufre una terrible enfermedad, un poco de vuestra sangre bastará, y podré rescataros de este maldito dragón.

La princesa le miró con odio. Su cuerpo conservaba los 17 años con los que la dejó, el brillo de su pelo y ojos sería eterno mientras el dragón la mantuviera allí.

-¿Y quien os ha dicho que quiero que me salven?

-Princesa...- dijo atónito Paul, -¿os dais cuenta de lo que decís?. No puedo entender tus palabras. El amor que os proceso me ha llevado a una aventura de dos años, ¡dos años de mi vida!.

-Yo no os lo pedí, ni siquiera me disteis tiempo a conoceros, no al menos como los otros príncipes...- Y sonrió al ver la reacción de Paul. –Si Paul, al principio me asusté, hace ya cinco años. Yo era una joven de 14 que fue raptada por un dragón. Este espero pacientemente a que cumpliera los 17, llegando a mi plenitud física, y así me mantiene. Entonces me empezó a ofrecer regalos, sirvientes, doncellas, y todo lo que pudiera desear. Las necesidades de mi cuerpo eran cubiertas por los príncipes apuestos que de tanto en tanto “intentaban” salvarme. Estaba encerrada aquí, si, es verdad, pero ¿para qué necesito el exterior?. Salir sólo me llevará a buscar todo lo que aquí he conseguido, no quiero más, y encima aquí me mantendré sana, fuerte y joven durante el resto de la eternidad..., ¿qué más puedo querer?-.

-Princesa... –dijo Paul entre lágrimas- hubiera hecho cualquier cosa por vos.

-Esta bien- respondió ella. –Tomad mi sangre, llevaos un poco para salvar a esa mujer, más tan sólo la daré a cambio de una cosa...

Paul se echó a temblar, ¿qué podría querer ahora la princesa?, ya no quedaban reinos por visitar, no podía imaginar que tendría que traer a la caprichosa princesa. La horrible sensación de haber desperdiciado dos años de vida le recorrió en forma de temblor por todo el cuerpo. Y temeroso, al fin, aceptó a escuchar su petición.

-Es bien sencillo joven Paul, sólo una cosa quiero a cambio de mi sangre. Tu has sido el único que ha encontrado la forma de salvarme, y si tu no lo haces nadie lo hará. Toma mi sangre, pero a cambio dame la promesa de que no seré liberada.

Paul se levantó del suelo con las últimas fuerzas que le quedaban, cogió la muestra de sangre que le ofrecían y salió del castillo.

 

Más en la puerta del castillo, dejando lejos al dragón y la princesa, una idea afloró en su mente, algo había cambiado, algo había llegado a él, algo que tardó dos años en comprender.

 

Dos años más, Paul pasó otros dos años resolviendo todos los cambios a los que se había comprometido, hasta que al fin logro la espada de Josua. Más una sonrisa le acompaño durante todo este viaje.

 

Llegó al fin a las puertas del castillo, y se plantó ante el dragón espada en mano.

El dragón retrocedió asustado. Si Paul tubo el coraje de conseguir la espada ya nada podría pararle, y su muerte por lo tanto estaba cerca.

-¡Tranquilo!- gritó Paul, -no he venido a hacerte daño, sino a ofrecerte este regalo en señal de agradecimiento- y dejó la espada a los pies del dragón.

-¿Agradecimiento?, ¿qué puede tener que agradecerle un simple mortal al ser más poderoso de la tierra?

-El conocimiento- respondió Paul, -el conocimiento de algo que solo gracias a ti logré comprender: que cuando luchas por algo que quieras, que cuando entregas tu vida por cumplir un deseo, solo una cosa has de tener en cuenta para que realmente tenga sentido: que para cumplir tu deseo, implicaras forzosamente a otros en tu camino, cuyos deseos no han de coincidir con los tuyos.

Y Paul desapareció en busca de más aventuras.

 

Más una segunda moraleja guardó Paul en su mente mientras se alejaba del castillo, y es que: “todo aquello que termina, pierde en su fin, la importancia de su inicio”, y es por ello que consagraría su vida al durante, al camino intermedio, teniendo siempre en cuenta las consecuencias.

Mi último premio

(1)   En esta categoría quiero dejar un espacio para mi desarrollo intelectualoide. Aquí apareceran mis cuentos, relatos, historias, frases, pensamientos y demás cosas que un día pasaron por mi cabeza y me gustaron lo suficiente para decidirme a escribirlo en ordenador (y que han pasado el filtro para llegar hasta aquí).
Dicho esto, disfruta lector, pues aquí hay un cachito de lo que mi mente ha cocido en tantos años de trabajo.
 
 El primer relato es en realidad uno de los últimos. Cuento que me valió el tercer premio de literatura, concurso Erich From, ciudad de Barcelona, año 2004. España se preparaba para la guerra con Irak y mi mundo se empezaba a apretar especialmente, con el agovio que esto conlleba...
 
 
 

             (  )INFORMACIÓN

 

El pequeño cartel mostraba tímidamente su mensaje en letras negras sobre un fondo azul apagado. Me intrigaba especialmente el espacio entre paréntesis ante la palabra “información”. La pequeña caseta que lo sostenía se alzaba en un rincón aparatado (y un tanto escondido) en una de las esquinas del parque menos transitado de la ciudad.

Yo (un humilde transeúnte) – Hola, buenos días.

Funcionario (un trajeado del estado) – Buenos días, señor.

Atacado por la curiosidad, atravesé la puerta para descubrir al otro lado un escritorio desnudo, con un hombre vestido, bajo una lámpara en el techo y una silla que me invitaba a sentarme, por lo que me senté frente a él.

Y – Venía a solicitar información.

Una gran sonrisa cubrió la cara del trajeado hombre del “despacho”.

F – Muy bien, dígame ¿sobre qué quiere información?

Y – Quisiera que me dijera todo aquello sobre lo que pueda informarme.

El hombre esperó impasible durante unos minutos, por lo que me ví obligado a romper el silencio.

Y - ¿Y bien?

F – Lo siento, pero me temo que aún no me ha respondido la pregunta.

Sin poder evitar una carcajada comenté: -¡Se supone que es usted quien debe responder a mis preguntas!

F – Pero usted no me ha preguntado nada en concreto.

Y – Sí, en concreto, deseo saber todo aquello sobre lo que pueda informarme.

F - ¿Se da cuenta de la envergadura de la respuesta que su pregunta encierra?

Y - ¿Se da cuenta que hasta ahora usted ha hecho más preguntas que yo?... A ver, yo sólo quiero saber sobre qué me puede usted informar –dije tratando de relajarme, respirando lentamente…

F - ¿Ha leído hoy el periódico?

Y - ¿¡No puede simplemente…!?

F - ¡Espere!, ¿ha leído hoy el periódico?

Y - Si, lo he leído.

F – Pues entonces sabrá que en él hay cientos de temas sobre los que informar, y eso sólo en el periódico. Imagine ahora que junto todos los temas de todos los periódicos revistas, radios, y televisiones de hoy; entonces habrá miles de temas. Y ahora piense en que además cojo todas las noticias de la historia, más todos los libros, más…

Y – Espere, espere… -suspiré -, lo único que yo quería es…

F - ¡Yo quería, yo quería!, ¿y si todo el mundo fuera así?, ¿¡acaso piensa que soy un Dios con todo el conocimiento universal!?

Y - ¡Pare!. Vamos a ver, haremos las cosas más sencillas. Responda: ¿para qué sirve esta “oficina”?

F – A menos que se haya caído, hay un cartel sobre ella que lo indica.

Y – Bien, entonces, ¿sobré qué puedo preguntar?

F – Información.

Y - ¿Información en general?

F – No, cierta información particular.

Y - ¿Cuál exactamente?

F – Es un repertorio demasiado amplio para concretar…

Un sudor frío comenzó a caer hasta mi espalda humedeciéndome el pelo. Impasible, aquel hombre esperó con serenidad tras la mesa. Tras estudiar la situación, decidí atacarle.

Y – Veamos, ¿qué pasaría si le preguntase sobre el significado de una palabra?

F – Le diría que el sitio donde se comprueba eso es en un diccionario.

Y - ¿Y si no lo tengo?

F – Pues que vaya a una biblioteca.

Y - ¿Y si no sé leer?

F – Le recomendaría, con gran preocupación, una escuela.

Mi respiración comenzaba a ser pesada. La tensión del ambiente podía cortarse con un cuchillo, el cuchillo con el que le cojería y le…

Y - ¡Vale!, ¡preguntas concretas!. ¿Para qué se entra en guerra con Irak?

F – Las respuestas al respecto pueden ser muy variadas, dado que…

Y - ¡Quiero la VERDAD! –empezaba a enrojecerme por la cólera.

F – Me temo que esa verdad no está en mi poder. Podría, no obstante, darle la dirección de cierta sede política donde usted podrá tratar el tema, y tal vez allí…

Y – Déjelo, déjelo… ¿Y si le pregunto sobre el tema de la contaminación y sus efectos sobre el clima de la tierra?

F – Inténtelo.

Perplejo, comprobé que sería capaz de aguardar hasta que lo preguntara. Tras un buen rato de incómodo silencio, pregunté (no sin antes respirar con fuerza unas cuantas veces para relajarme):

Y – Respecto al tema de la contaminación, ¿cómo afecta esta al clima de la tierra?

F – Esa pregunta en concreto ha encontrado ya varias respuestas. Partamos del hecho que necesitamos de la industria para mantener la sociedad en la que vivimos, y que esta, inevitablemente, producirá un cierto nivel de contaminación. En principio, las fábricas abiertas, legalmente abiertas, mantienen unos límites legales de contaminación que…

Y - ¡Pare por Dios!, ¿es que no será capaz de decirme ni la hora?

F – Pues ahora mismo no tengo reloj, pero dada la altura del sol (que por cierto no veo, pues la caseta no es transparente, no tiene ventanas y usted ha cerrado la puerta) no tengo ni idea. Pero si la calculo en función del rato que llevo aquí, supongo que estaremos entre las cinco y las siete de la tarde.

Mi cabeza daba vueltas, cualquier cosa que supiera antes de entrar en la caseta estaba girando en mi interior. Con esfuerzo me levanté, y sin mediar palabra con el ser siniestro que se sentaba ante mí, anduve hacia la puerta.

F – Que tenga usted un buen día, ¡y vuelva siempre que lo necesite! –Y otra sucia sonrisa cubrió su rostro.

Una vez fuera, respiré con fuerza el aire libre. Tras rodear la caseta, descubrí en la pared trasera (opuesta a la puerta y al cartel, y curiosamente la que mejor se veía) una curiosa inscripción en bonita letra de imprenta:

Servicio de dudas del ciudadano,

una propuesta del gobierno central.

Con decisión me puse de nuevo delante de la caseta mientras sacaba un rotulador negro de mi mochila. Lentamente ascendí hasta el cartel y, en el espacio que dejaban libres los paréntesis, añadí: DES

 

Y ahora yo me pregunto: ¿se aleja esta historia demasiado de la realidad?